Escribimos sobre “Sycorax nuestra”. La tachamos. Entramamos la obra a la tachadura. Habitamos la escritura, obrándola. Hay un modo de estar en el silencio que corresponde a un modo de estar en el sentido. Nos instalamos para romper el silencio, pero escribimos para que nuestras palabras lo emanen. Hay silencio en las palabras. Y hay un silencio en el silencio.

 

Y los silencios significan y hacen figuras. En este intento por tachar la obra, denunciamos el silenciamiento de Sycorax. “Y silenciamiento no es silencio, sino un proceso de producción de sentidos silenciados que nos hace entender una dimensión de lo no dicho absolutamente distinta de la que se ha estudiado bajo la rúbrica del “implícito””[1].

 

Sycorax no estaba en ningún lado. Mujer, negra, africana y bruja; el descubrimiento de América se funda sobre su rapto y violación[2].  El Colonialismo no se sostiene sin femicidio. Sycorax fue la bruja silenciada que no habló, que no actuó. Pero gracias a Sycorax, existió Próspero y también Calibán: la palabra del amo y la del esclavo.

 

Entendemos el silencio de Sycorax como condición de posibilidad de significar, como posibilidad de aparición de los discursos en y sobre América. Sycorax primordial, entonces también, Sycorax mítica y fundacional. Sycorax huevo.